Los incidentes de abuso policiaco reportados recientemente en Estados Unidos ponen al descubierto no solo el problema de discrimen racial que existe en nuestras sociedades, sino también la ineficacia del proceso básico de comunicación en ciertas situaciones.  ¿Cómo es que el diálogo no resuelve la situación, siendo la comunicación la herramienta más poderosa que tenemos para dilucidar diferencias y para llegar a acuerdos entre dos o más personas? 

Cada grupo étnico, racial y cultural desarrolla sus propios estilos de comunicación verbal y no verbal, emocional e interpersonal.  Mediante el proceso de socialización, aprendemos a elaborar nuestro propio mapa mental cultural para navegar las complejidades de la vida en sociedad; desde cómo percibir e interpretar nuestro ambiente social, cuáles son las conductas e interacciones sociales apropiadas para cada ocasión, y los modos efectivos para comunicarnos.  Más aún, ese programado mental nos guía en la identificación de los peligros del ambiente y en seleccionar los modos de defendernos.

Sin embargo, estos mapas cognitivos psicoculturales no necesariamente permiten entender las comunicaciones y las conductas de personas socializadas en otros contextos socioculturales.  Y esto da paso a la disonancia cultural entre los grupos étnicos o raciales que componen muchas de las regiones y ciudades norteamericanas.  Por lo tanto, existen individuos que albergan prejuicios negativos contra grupos raciales o étnicos, y que evalúan las situaciones estresantes desde un mapa cognitivo sesgado, lo que matiza sus percepciones, decisiones y acciones.  A su vez, la historia de esclavitud, marginación y abuso sufrida por grupos raciales y étnicos da base a sus reacciones de temor y reclamos de justicia.  Esta disonancia cultural, junto al estado de ánimo de los individuos que la experimentan tiene el potencial de interferir con el proceso de comunicación en situaciones estresantes.

La disonancia cultural que permea en muchas de las comunidades de Estados Unidos requiere soluciones drásticas y un cambio radical en los paradigmas de control social.  Requiere atender el problema de racismo y discriminación desde la dimensión psicológica y supuestos basados en evidencia para tomar acciones que impacten equitativamente el acceso a la educación y las oportunidades de desarrollo socioeconómico para todos.

El nuevo paradigma debe incluir una evaluación cognitiva y de personalidad de todo ciudadano candidato o aspirante a ofrecer un servicio público, y un adiestramiento continuo en diversidad cultural, comunicación, resolución de problemas y prevención de violencia. Es indispensable, además, promover dentro del contexto académico la educación sobre diversidad de etnias y razas, además de habilitar espacios comunitarios de interacción social.  

La fusión biológica y cultural del puertorriqueño facilita la integración racial, pero no nos exime del racismo y la discriminación.  En la coyuntura de los acontecimientos raciales, tenemos la oportunidad de mejorar nuestro propio paradigma social, al mejorar los procesos de reclutamiento y adiestramiento de oficiales públicos para que sean más inclusivos, diversos y orientados a la resolución de conflictos.

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